miércoles, 14 de mayo de 2014

En los laboratorios de Ingeniería de la UNAH



Mi padre, en su afán de hacer de mi un hombre de bien y ante la ausencia de interés en ningún oficio, me llevó muy joven a estos laboratorios, trabajaba allí un Ingeniero del cual era su amigo y que me enseñó el oficio del soldar, pasé horas soldando y nunca las costuras me quedaban como las del Ingeniero que parecía un soldador de barcos que a pura chispa podría unir dos láminas de acero o un cascarón de huevo quebrado.

Un día me harté de ese olor y me fui sin decir adiós, no creo que me hayan extrañado ni un segundo, era un bueno para nada, una unidad en riesgo social. Décadas después, regresé a hacer un trabajo de fotografía para la SEDI, el olor y el acetileno me recordaron la distancia y los magros años buscando un camino que no se mostraba en la maleza de lo diario.