lunes, 12 de mayo de 2014

El retrato en la mesita



Cuando era joven buscaba trabajo desesperadamente para salirme de la tiranía de la lata en la que mi padre me tenía, recuerdo claramente que cerca del Hotel Honduras Maya, había un restaurante de comidas de mar, tenía una claraboyas como de barco y una parte frontal que tenía una textura que parecía una corbeta en derrota.

Una vez entré a querer explicar que yo era guitarrista y que podía amenizar con música clásica mientras la gente comía, había una mujer en una mesa que creo era la dueña, me contestó tan mal, que no pude evitar sentir como si estuviera con mi padre. De ese lugar no queda ni el recuerdo y de esa mujer que seguro está más muerta que la muerte tampoco. No puedo recordar exactamente lo que me dijo, pero si recuerdo que eran tiempos muy duros, cada semana mi padre me echaba de la casa, y siempre tenía a la mano  el "majadero, el bueno para nada, el vago", mientras el maltrato a mi madre estaba a la orden del día.

Ayer, mientras estábamos reunidos se puso a hablar algo de un tronco, de cuando el tronco es bueno la semilla también, miré a mi madre, y esta miraba hacia algún lado; miraba a mis hermanos y también perdían sus ojos en la pared más cercana, me levanté y salí por lo bochornoso del instante.

En mi casa todos estamos heridos, todos llevamos marcas y aunque las ignoramos siempre están allí, en la superficie. Le regalé un televisor a mi madre, para que mirara sus novelas, me abrazó y me dijo que cuando ella no esté, puedo ir a traer el Tv, no me gustó ese comentario, no quisiera que ese "no esté" se materializara nunca, pero me parece que está más cerca de lo pensamos.

Si la vida es una caída como me dijo Yadira Eguigure, la familia es una colección de heridas que no sanan y de alegrías que se curten.

En la mesita de la sala, mi madre tiene una foto mía tocando guitarra, en aquel viejo apartamento que rentaba Jesús Lesmes cerca del ministerio de Salud en Tegucigalpa, una foto de Mario López, de quién jamás fui amigo ni viceversa, recordé el número inmenso de canciones que salieron de mi alma y que cada día que pasa se vuelven grises y borrosas. Muy pocas veces toco la guitarra ahora, todo tipo de presiones me impiden hacer lo que siempre quise, ya no encuentro ni una sombra de todo lo que hacía y  tan sólo componer una canción es tan pesado como tratar de levantar el motor de un camión.

Ya mi padre no puede caminar, cada paso para él es una agonía terrible, y no puedo ayudarlo. No puedo olvidar todo el veneno que me tomé con sus actos, me quiero engañar a mi mismo pero están donde los dejé cuando me dijeron que iba a ser papá de Manuel.

La vida es una caída y un alejarse hasta perderse en el olvido, y como decía Buñuel en 1926 la única explicación es en realidad que no tiene explicación.